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Martes 12 de julio del 2011 | 06:20

El gran Facundo

El Búho recuerda al gran cantante argentino y condena su violenta muerte.

Este Búho se quedó consternado cuando se enteró, la mañana del sábado, que Facundo Cabral, el gran cantautor argentino, murió acribillado con más de quince balazos en Guatemala.

Me pareció una broma de mal gusto. No había nadie en el circuito musical, llámenlo, alternativo, ningún artista, porque Cabral era más que un cantante, era también un predicador, un comediante, un gran showman. Pero era, sobre todo en su última etapa, un hombre profundamente religioso.

Por eso, era una terrible jugarreta del destino contra el que siempre nos rebelaremos, que Facundo muriera de una manera ultraviolenta. Cualquiera, menos un hombre tan pacífico, que en etapas violentas y negras de su país, solo combatió con su guitarra, su poesía y su soledad. Mucha gente se sorprendió en Lima ante tanto despliegue por su desaparición.

Pero bastó que las radios y la televisión pusieran su canción emblemática “No soy de aquí”, para que asienten con la cabeza, ¡ah, esa canción es preciosa! “No soy de aquí, ni soy de allá/ no tengo edad, ni porvenir/ y ser feliz, es mi color/ de identidad (...) Me gusta el mar y la mujer cuando llora/ las golondrinas y las malas señoras/ saltar balcones y abrir las ventanas/ y las muchachas en abril…”. Ese viejo tema de 1970 le abrió las puertas de la fama. Ese tema lo grabó Julio Iglesias, Pedro Vargas y Neil Diamond.

Cabral hizo de su vida personal su obra. Toda su vida fue una tragedia y sin embargo, hasta el último concierto en Guatemala, ante un teatro “Grau” colmado, exclamó: “Dios fue generoso conmigo”. Su padre abandonó a su madre y sus hermanos un día antes de que él naciera. Como vivían en la casa del abuelo, el desgraciado botó a la mamá y sus hijitos.

Facundo recién habló a los seis años y a los catorce aprendió a leer, pero se involucró en la delincuencia juvenil y fue a parar a un reformatorio. Un vagabundo le enseñó el sermón de la montaña y según él “volvió a nacer”. Empezó a interpretar canciones de protesta y música folclórica, pues admiraba a Atahualpa Yupanqui.

Sus recitales se mezclaban con anécdotas de su vida personal, infancia, amistades, muchas eran reales a otras, para algunos, fabuladas, pero las contaba con tanta pasión que todo el mundo asistía con silencioso respeto. Así lo vi una vez en Lima. Carcajadas, silencio, la Madre Teresa de Calcuta, Borges, Ray Bradbury, Jesucristo, Dios, Juan Domingo y Evita desfilaban en sus soliloquios. Justamente contó que de niño se escapó de su casa en La Plata y llegó, con ayuda de desconocidos, a la Casa Rosada para conocer a Perón y Evita.

El pequeñín sorteó la seguridad y llegó hasta el dictador: ¿presidente, dele trabajo a mi mama!, le gritó. Facundo, ante un auditorio absorto, siguió el relato: “Evita me miró y me agarró la cabeza”. Juan -dijo refiriéndose a Perón- por fin alguien viene y no pide limosna, sino trabajo”.

Según Facundo, Evita le dio chamba a su madre en Tandil, una provincia lejana. Cabral llegó varias veces a Lima junto a su gran amigo Alberto Cortez e inclusive hicieron una gira mundial que duró cuatro años “Lo Cortez no quita lo Cabral”. Era un hombre solitario.

A los 40 años su esposa y su hijita, de un año, murieron en un accidente de aviación. No tenía casa porque no quería, vivía en hoteles: “así no vas acumulando cachibaches”, se justificaba. Era un tipo pacifista, según él “violentamente pacifista”.

Es un absurdo que haya muerto de esa manera, según la DEA, asesinado por equivocación, pues el objetivo era el manager nicaragüense Henry Fariña, quien resultó herido. Vale la pena ingresar a YouTube para ver a un Facundo Cabral en vivo. Se fue el eterno caminante. Adiós, maestro. Apago el televisor.