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Domingo 25 de noviembre del 2012 | 08:40

¡Adiós al 'Macho'!

El Búho sostiene que en el Perú también algunos boxeadores han tenido un final trágico.

Este Búho es fanático del boxeo. Bueno, lo era en los tiempos en que había verdaderos boxeadores y solo existían dos entidades que regían este deporte de las “narices chatas”. En la década de los 70 había un gran programa deportivo, el “Knockout” de Gillette, donde pasaban las mejores peleas de todos los tiempos, que se definieron antes de los quince asaltos. Allí vi a verdaderas glorias del boxeo como Jack Dempsey, Joe Louis, Rocky Marciano y Cassius Clay, quien luego pasó a llamarse Muhammad Ali.

Ahora leo con asombro que el popular Héctor “Macho” Camacho, uno de los últimos grandes de todos los tiempos, fue asesinado al parecer en un ajuste de cuentas. No es la primera vez, ni será la última. Muchos boxeadores que han ganado grandes fortunas y fueron ídolos en sus países acabaron muertos.

Recuerdo el caso de Oscar “Ringo” Bonavena. El argentino, que saltó a la fama al protagonizar una épica pelea por el título mundial de los pesos completos ante Muhammad Ali, fue asesinado en las afueras de un famoso burdel en Las Vegas, Nevada. “Ringo” todavía estaba en actividad y su mánager era una guapa norteamericana, la señora Sally Conforte, nada menos que la esposa de uno de los mafiosos más notorios de la ciudad de los casinos. “Ringo” no solo era el pupilo de la potable dama, también su amante. Fue una acción muy temeraria, pues lo mandaron a asesinar nada menos que con una pistola que tenía balas dum-dum, las que se usaban para matar osos.

Uno de los mejores pesos medianos de toda la historia, el también argentino Carlos Monzón, se fue a la cárcel por empujar desde el balcón a su esposa, la modelo uruguaya Alicia Muñiz. La charrúa se destrozó el cráneo y murió, con lo que también se destruyó la carrera del extraordinario púgil, el hombre que acabó con Ken Buchanan, Nino Benvenuti, José “Mantequilla” Nápoles, Bennie Briscoe y Rodrigo Valdez. Cuando le faltaba poco para terminar su condena, le permitían salir los fines de semana. Una noche en que llegaba con su automóvil al penal se despistó y estrelló, encontrando una trágica muerte.

En Perú también algunos boxeadores han tenido un final trágico. El recordado Roberto Dávila, uno de los pocos pesos pesados que le resistió diez rounds a un George Foreman en la mejor de sus facultades, murió asesinado de un balazo en “Chicago chico”, Surquillo. El boxeador se había vuelto adicto a la pasta básica de cocaína y era “chaleco” de los microcomercializadores de drogas.

Otro grande del boxeo, el colombiano Antonio Cervantes, “Kid Pambelé”, también sucumbió al flagelo de las drogas y acabó encerrado en un centro de rehabilitación de Cartagena. Este columnista viajó el año pasado a la caribeña ciudad amurallada y se encontró con dos de las hermanas del gran campeón.

“Kid Pambelé” es una leyenda viva del boxeo. Ganó el título mundial al vencer al panameño Alfonso “Pepermint” Frazer en la propia Panamá, y liquidó a una leyenda del boxeo argentino como Nicolino Locche. Pero el pugilista era muy aficionado al licor, las mujeres y drogas. En un lamentable estado físico arriesgó su corona ante un jovencito de 17 años, el puertorriqueño Wilfredo Benítez, quien lo derrotó y le arrebató el título. Esa vez fuimos con las hermanas de “Kid Pambelé” a buscarlo al centro de rehabilitación, pero el ex campeón no estaba. Uno de los guardianes nos dijo, off the record: “Peruano, no ponga esto, pero “Pambelé” se fue a fumar mota a las barracas. No vayas por allá, porque no sales vivo”.

Ahora, otro gran boxeador como “Macho” Camacho es asesinado. Un natural de Bayamón, Puerto Rico, pero que se crio en las calles peligrosas de Nueva York, donde sufrió prisión en la correccional a los 15 años. Lo mataron de un balazo en la cara. Una leyenda más del boxeo que termina sus días de manera violenta. Apago el televisor.